El trasfondo de una insolencia
15 oct
Las cosas por su nombre. Sincero el Presidente de la Suprema al justificar el bofetón presidencial porque en el Perú no caben las mariconadas, golpe por golpe. Es decir, el Presidente de la institución que impide que nos hagamos justicia por mano propia nos convoca a hacer justicia por mano propia.
No concibo a mi médico recomendándome una marca de cigarros ni al conciliador de mi causa vendiéndome un par de buenos guantes de box. Pero Villa Stein no tiene pelos en la lengua y, aunque se le fue el tren presidencial, no oculta ni se guarda nada.
Esa es la actitud, precisamente, del muchacho golpeado por García. No se guarda nada y dice las cosas con la frescura y apasionamiento de sus años. Mal que insulte al Presidente, que bien podría querellarlo, pues su insolencia ofende a todos; pero del otro lado, es la voz ciudadana airada que no tiene un político que la represente. Galvez (así se llama el abofeteado) denuncia lo que ningún parlamentario u opositor denuncia y se toma el papel de un renovado Olivera callejero.
A continuación unas reseñas de sus respuestas a las diversas interrogantes a las que se ha sometido:
“Yo estaba frente a los ascensores del pabellón C. Todo fue rápido. Se abrió el ascensor, salió el Presidente sonriente… pero me acordé de mi servicio militar, del abuso que había, de las cosas que yo pasé y que vi; como (operaba) la mafia de combustibles, cuando me hicieron cargar a mí galones de combustible para las casas de generales, que no se puede hablar adentro. A mí me contaron muchas cosas de los generales que luego yo fui investigando como cosa mía. Por ejemplo cómo el número catorce de la FAP pasó a ser el número tres. Es un hecho de corrupción, ahí nomás te digo”.
Más allá de quien lo diga, la denuncia desnuda privilegios y preferencias que hablan mal de la FAP. Ya es un tema de interés público.
“Vi que se robaban el rancho y nos daban una miseria, el desayuno era una porquería, una tacita de avena, con una tasa de agua o de manzana, pero más que nada era agua porque no se sentía ni la fruta”.
Aquí ya no es sólo el privilegio de una cúpula de Generales y Coroneles, al decir de Galvez, sino el maltrato a la base de la pirámide. Esto es un llamado a la prensa reporteril. Las palabras cargadas del iracundo muchacho son la nota de una soldadesca descontenta, pues así como pasa en la FAP podría pasar en el Ejército y la Marina. Habrá que ver.
“Me acordé del abuso, de la corrupción, todavía deben estar sufriendo mis compañeros hasta por la paga, nos demoraban en darnos la paga, siendo esta una propina. Hasta le regalaron carro a mi coronel, un Nissan ‘Primera’ último modelo. Cuando me puse a averiguar cuánto costaba me dijeron US$ 35 mil. Cuando regresé de mi franco vi similares carros nuevecitos; les habían dado carro a todos los coroneles, entonces a nosotros agua o avena, sin propina puntual y a ellos carros último modelo”.
El Presidente García prometió austeridad, pero fue un canto mañanero recargado de promesas. Lo real es que en el Perú rigen privilegios y estamentos. Las castas militares usufructúan las arcas estatales y las castas políticas hacen festín.
“Se me vino a la mente, inclusive, cómo está ahora la situación y le grite: ¡corrupto!, a viva voz”
El grito desmesurado de Galvez a García no va directo al problema, pues para llamar “corrupto” a alguien hay que probarlo. Y los privilegios no son técnicamente corrupción o ilícito, pero a la vista del pueblo lo son y, políticamente, eso es lo que importa.
¿Cuántas insolencias como estas nos ahorraríamos si hubiera en la oposición y en el Parlamento quien las cante claras como lo hizo Galvez? Los partidos están más atentos a pactar impunidades y salvaguardas o gestar alianzas que en elevar denuncias de este tipo. Ni a los humalistas les cabría esta misión, pues su bancada es la menos presentable y una de las más afectadas por los escándalos. Les falta autoridad y su vocación crítica no es tal sino un simple interés por sabotear al Gobierno y cosechar políticamente de un descalabro. Me refiero a la fiscalización que sólo podría hacer un político sin mayor interés que comprarse el pleito de la moralización.
La verdad es que el Parlamento sólo sirve como vómito legiferante, sin ninguna aspiración ni capacidad de control político razonable y franco. Galvez, desde la calle, representó por unos segundos ese espíritu.
En algún momento, Galvez echa al suelo a un tal Doctor Barreto, reemplazante del director del Hospital. Señala: “Si, llegó el doctor que había estado con el presidente Alan García: un doctor de apellido (Alfredo) Barreto, que estaba reemplazando al director del hospital. Él manda que todos los que estaban en la oficina salgan. El doctor Barreto me dice que no diga nada, que no hable nada, y me reclama (por) haberle insultado al Presidente. Me da la razón de lo que yo he dicho, pero me dice que la cague porque tenía la campera (chaleco del voluntariado) puesta. Le expliqué que no me acordé de la campera cuando vinieron a mi mente los actos de corrupción que he visto”
O sea Barreto asiente en la calificación, con lo que García queda mal parado. Lo insulta Gálvez y el público presente y quienes intervienen no cuestionan el fondo del insulto, que en cierta forma se constituye como una “verdad” (bastante subjetiva, en realidad) que ni merece contrastarse. García debería preocuparse más que por el impacto político del golpe, por un rechazo manifiesto. He sondeado sobre el particular y la mayoría (entre taxistas y cercanos) asumen que lo que Galvez profirió de manera insensata es una verdad que, casi, alcanza ribetes axiomáticos.
Y es curioso que un gobierno que mal no la ha hecho y que piloteó con éxito el crecimiento y la lucha contra la pobreza, tenga millones de críticos feroces ¿Falla la comunicación? ¿No ha logrado Alan II, como el Alan I, calar en el sentimiento popular?
Galvez no es sólo el muchacho iracundo que se desbanda en una injuria, es más que eso, podría representar la incapacidad de un gobierno relativamente exitoso para engancharse emocionalmente con el pueblo que lo eligió.



Tengo un amigo que estaba escribiendo un cuento sobre un paìs hipotetico que es invadido por miles de bandadas de pajaros que volando por encima de los tejados, ensucian todo son sus detritus, pero la gente no se enojaba por que decian que el guano olia a incienso y mirra, hasta que el loquito del pueblo cogio el desperdicio, lo olio y dijo esto huele a caca.
Creo que este muchacho dio en el clavo, todos olemos, pero el dijo lo que todos callan. Esto huele a caca.
El loquito del pueblo se torna a veces en el vocero de lo que muchos quieren decir pero no se atreven. No obstante, para llamar a alguien “corrupto” y hay que presentar una denuncia con las pruebas en la mano. El concepto de “corrupto”, para Galvez, es aquí más amplio.
Lo que Alan me produce es verguenza y una verdadera sensación de molestia, muy al margen de la cachtada. Los invto a ver mi blog donde escribo lo que pienso al respecto: http://vulgarislimensis.wordpress.com/2010/10/17/%c2%a1paf/