La poesía
El dolor, en ocasiones, no tiene desahogos. Algún padre triste, la soledad de los que marchan siempre al abismo, las nostalgias que colindan con el dolor, las fiestas que llaman a guardar las fechas, las fiestas, digo, que llaman a batallar contra un reloj, el reloj de algún viejo o una vieja, el relicario y las memorias, todo en las afueras del tiempo, que es donde finalmente todo permanece.
El dolor, en ocasiones, claro que sí, sí tiene desahogos. La poesía, por ejemplo. Siempre me pregunté por qué los poetas son artistas desterrados y por qué la poesía no vende ni es el género que corona la creación. Un libro de poemas propio se autofinancia, se regala, no será la estrella del ranking de Crisol, no convocará a más lectores que las narrativas más grises.
La poesía, que en Neruda fue canto silvestre y terreno, hedonista y fecundo; que en Pessoa fue la sencillez de las sensaciones y las palabras y que en Benedetti expresó lo profundo en lo cotidiano, llega en esta hora y sin avisar después de tantísimos años y llega mientras dos viejos (que se resisten a las cercanías del mundo) duermen plácidos en una penumbra sólida y todos los niños del mundo (incluidos ustedes, lectores) ríen en una unísona, gran carcajada.
La poesía es la expresión de la verdad profunda que apenas se escribe con palabras. Escribí el último gran poema hasta hace algunos años, de esos años distantes que bordean una década. Los mantengo lejos del sol, a salvo de los críticos, porque fui, digo, fui, un escribidor de poesía, un lectorcillo apenas de Pessoa y Benedetti (que ya no suelo revisitar), que se hizo a la luz de las terrenales odas nerudianas en los años de candidez y jolgorios. Ha pasado mucho tiempo desde entonces y desde entonces juré detener la pluma, marchar lejos, tan lejos como posible es alejarse de los versos y, a veces, de los oscuros trajines y los acaramelados azares de la vida.
Con ocasión de un 2012 que nace, comparto un par de poemas del gran Pessoa (aunque no creo como él, que el poeta sea un gran fingidor sino todo lo contrario). Simples, demasiados simples para los autoproclamados sabedores de la poesía, van algunos versos que la mente de un poeta que hoy no escribe suele entretener en estas tardes de diciembre, en aquellas horas recurrentes cuando el sol se va:
Todas las cartas de amor son ridículas...*
Todas las cartas de amor son
ridículas.
No serían cartas de amor si no fuesen
ridículas.
También escribí en mi tiempo cartas de amor,
como las demás,
ridículas.
Las cartas de amor, si hay amor,
tienen que ser
ridículas.
Pero, al fin y al cabo,
sólo las criaturas que nunca escribieron cartas de amor
sí que son
ridículas.
Quién me diera el tiempo en que escribía
sin darme cuenta
cartas de amor
ridículas.
La verdad es que hoy mis recuerdos
de esas cartas de amor
sí que son
ridículos.
(Todas las palabras esdrújulas,
como los sentimientos esdrújulos,
son naturalmente
ridículas).
**Heterónimo A. Campos
Fernando Pessoa
AUTOPSICOGRAFÍA
El poeta es un fingidor.Finge tan completamente
Que hasta finge que es dolor
El dolor que de veras siente.
Y quienes leen lo que escribe,
Sienten, en el dolor leído,
No los dos que el poeta vive
Sino aquél que no han tenido.
Y así va por su camino,
Distrayendo a la razón,
Ese tren sin real destino
Que se llama corazón.